Fuente de la lengua
Traducciones: alemán

Traducción independiente. Un discurso

 

Me gustaría comenzar esta exposición identificándome adecuadamente. Como estas características son las que inevitablemente sesgarán mi presentación, me parece que lo único que se puede hacer al respecto es ser lo más honesto y directo posible. Mi nombre es Carlos Soto Román, soy químico farmacéutico de profesión, escritor, poeta, artista, traduzco poesía, soy chileno, (por lo tanto, extranjero en este lugar), residí algunos años en un país que no compartía mi lengua materna y no tengo ninguna afiliación académica o institucional.

Durante esa estadía en el extranjero tuve la oportunidad de dejar por un momento las ciencias, la farmacia y dedicarme por completo a la poesía. Hice un magister en bioética, amparado en mi labor profesional (la investigación biomédica), pero el motivo real fue un libro de poesía, que estaba escribiendo, el cual requería que profundizara en aspectos más filosóficos. Además de los estudios me involucré de lleno en la escena poética de Filadelfia, lugar que se transformó en mi nuevo hogar, y donde pude integrar un colectivo de poesía, organizar lecturas y eventos, e incorporar el aprendizaje de la legua a través del conocimiento de autorxs nuevxs y clásicxs de esa tradición, como también mediante conversaciones e interacciones constantes con creadorxs y artistxs, las que sin darme cuenta iban ayudando a configurar una nueva comunidad.

Hace casi diez años fui invitado a dar una charla sobre traducción al Festival “One Makes Many” en Raleigh/Durham, organizado por Duke University y la Universidad de Carolina del Norte, y hace exactamente tres años hice otra ponencia en un coloquio de traducción organizado por la Universidad Finis Terrae y por la Universidad de Santiago de Chile, por lo que hoy me parece adecuado intentar hacer un paralelo entre las situaciones que expuse en esos momentos y la actual.

Hace diez años la crisis educacional chilena estaba en uno de sus momentos más álgidos. Lxs estudiantes se tomaban las calles demandando educación gratuita y de calidad y los problemas educacionales relacionados con la literatura, que se detectaban en ese entonces, siguen siendo los mismos ahora: malos hábitos de lectura sumado a una pobre comprensión lectora. Se hacían necesarias nuevas estrategias para reencantar al público con la lectura, pero a este problema se agregaba el alto costo de los libros y las dificultades de edición en un entorno en el que la industria editorial local se veía disminuida ante el poder de los grandes grupos transnacionales, los que enfocan la cadena del libro como un asunto de negocios, comercializando con la lectura como lo harían con cualquier otra mercancía.

No pocos años después, no solo la crisis educacional, sino también la política y social llegarían a un punto sin retorno de una manera impensada en Chile. Fue así como una vez más lxs estudiantes, salieron a las calles a manifestarse en contra de un alza en la tarifa del transporte público, saltándose los torniquetes y tomándose las estaciones metro, para que, en un par de días, el país completo se viera envuelto en un inevitable estallido social, desatando fuerzas, ansias, frustraciones y heridas reprimidas desde la dictadura y que los incompetentes gobiernos de la mal llamada transición, no habían sido capaces de resolver. Luego vendría la pandemia, el confinamiento, la crisis económica, una vez más el miedo y la desconfianza, lo que prolongarían el descontento, el malestar, la incomodidad, la incertidumbre.

Hablar de traducción, en este contexto, no es fácil. La traducción, entendida como una ocupación seria y sistemática en Chile, por lo menos hace diez, o quince años atrás, era prácticamente inexistente. ¿Por qué? Básicamente porque no habían fondos para hacer traducciones, porque como negocio es arriesgado y poco rentable, lxs editorxs locales no tenían dinero para pagar derechos de autor y no podían competir con las editoriales transnacionales (como Planeta, Alfaguara, Random House, Anagrama) y aunque la academia mantenía un pequeño circuito , que no contaba ni con los recursos ni con el apoyo para lograr una legitimidad contundente, la verdad es que el esfuerzo de traducción en poesía en Chile se construía casi exclusivamente a partir de la generosidad de unas pocas personas (como Rodrigo Olavarría y sus trabajo con Allen Ginsberg o Verónica Zondek y sus traducciones de Derek Walcott, June Jordan y Emily Dickinson, por nombrar algunos) las que veían el campo y el oficio de traducir como una actividad casi espiritual, por la cual escasamente se recibía alguna remuneración o recompensa, excepto por el placer de publicar la obra traducida, la que muchas veces debían financiar, parcial o totalmente.

En cuanto a traducciones, Chile subsistía principalmente de lo que se traducía en España y en otros países con industrias editoriales desarrolladas, como México y Argentina, hecho que configuraba un curioso monopolio, donde lo que se traduce (y por lo tanto, lo que se lee) responde a la aplicación de fórmulas comerciales ya probadas en diferentes mercados y no a un interés real o curiosidad intelectual específica de la cultura local, lo que causa importantes vacíos, deficiencias, omisiones.

Como poeta, esto fue lo que más me llamó la atención a mi llegada a EE. UU., país donde residí cinco años. Darme cuenta de la gran cantidad de obras y autorxs que eran absolutamente desconocidxs en Chile (Charles Reznikoff, Geroge Oppen, Charles Olson, Jack Spicer, Frank O’Hara, Diane Di Prima, Susan Howe, Lorine Niedecker, Alice Notley, etc.) precisamente porque sus traducciones no estaban disponibles, y al mismo tiempo, siendo que Chile es un país que se jacta de producir excelentes poetxs de relevancia internacional, también me sorprendió la casi total inexistencia de traducciones al inglés de poetas chilenxs que podríamos considerar indispensables (como Rodrigo Lira, Jorge Teillier, Juan Luis Martínez, Gonzalo Millán, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Soledad Fariña).
Comencé a preguntarme por la causa de estas ausencias y sobre la lógica detrás de estas injusticias.

Abordar la cuestión de qué se traduce y por qué es un asunto complejo. Los criterios utilizados para seleccionar los trabajos son variados y muchas veces arbitrarios. Reconciliarlos podría ser tan difícil como llegar a un consenso sobre la definición de lo que es realmente la traducción. Sin embargo, lo que parece claro, es que la discusión en este punto se centra frecuentemente en cómo abordar el trabajo de traducción, dejando de lado las preguntas sobre lo que debe traducirse. Conceptos como la fluidez, la fidelidad, la domesticación, la transparencia, la accesibilidad e incluso la ética inundan el debate, favoreciendo el "cómo" sobre el "qué".

Pero hay un mercado para las ideas y un mercado para la traducción. Y mientras que el exotismo y el fetichismo (la comodificación de vivencias traumáticas como la dictadura, por ejemplo) parecen, a ratos, dominar los criterios en Estados Unidos, en cambio la promesa del éxito comercial sería una de las motivaciones en Chile (el caso de los best seller); literatura de entretenimiento en lugar de literatura reflexiva, libros no para comprender la realidad sino para escapar de ella. Desafortunadamente, lo que no está alineado con los intereses de los editores que financian las traducciones no es un negocio, y de acuerdo con las leyes del mercado, lo que no vende no existe.

En este sentido, la ética de la traducción no debería vincularse solo a la estética sino también a los aspectos políticos, especialmente aquellos relacionados con la capacidad de la traducción de hacer visibles, audibles y presentes a otras voces, a otras comunidades, la capacidad que tiene de desmarginalizar poéticas diferentes junto con el poder de instalar o restablecer discursos que han sido injustamente ignorados u obliterados.

Ammiel Alcalay (poeta, crítico, profesor y traductor norteamericano de origen judío sefardí serbio) dice, por ejemplo, que gran parte de lo que ha hecho en el campo de la traducción puede considerarse como un activismo literario, no solo como trabajo de rescate de idiomas subestimados (las lenguas eslavas en su caso particular, como en el caso de su traducción del poeta bosnio Semezdin Mehmedinović), sino también como un gesto de tomar el riesgo de la responsabilidad de dar una nueva vida a esas palabras, lo que les permite ser absorbidas por otrxs escritorxs en las posibilidades de su trabajo, para que no pierdan su poder transformador y político. Y cuando dice político, también se refiere al efecto que cualquier evento puede tener sobre la conciencia misma.

Jen Hofer (poeta, intérprete, traductora, educadora, activista, artista de libros objeto y fundadora del colectivo Antena) habla de la traducción como un discurso subversivo en la medida en que es capaz de trastocar, alterar, perturbar un orden particular. El inglés estadounidense contemporáneo, que ella identifica como "muy a menudo contaminado por un imperialismo xenófobo monológico, megalomaníacamente “English-only”, que busca imponer un lenguaje de totalidad hegemónicamente definida al resto del mundo" es ciertamente un orden que éticamente merece ser subvertido.

En el 2011 nos sorprendíamos viendo cómo las asambleas populares que aparecían de la mano del movimiento Occupy en EE.UU. restauraron el significado perdido de la democracia, devolviendo la voz a aquellos a quienes el sistema descarta y discrimina. Curiosamente dichas asambleas fueron notablemente similares a las que ocurrieron durante la crisis económica argentina del 2001, y que se volvieron a ver en Chile luego del estallido social y dando paso a las discusiones que ahora tratan de redactar y configurar una nueva constitución, conversaciones que no estuvieron exentas de la influencia de poetas como Raúl Zurita, Elvira Hernandez, José Ángel Cuevas, cuyos versos ahora transformados en grafitis inundaron las calles de Santiago. Dentro de esta lógica de invisibilidad y resurgimiento, creo que la traducción también puede actuar como un gesto democrático de reparación y de solidaridad.

Teniendo en cuenta que lxs traductorxs escriben lo desconocido, lo que aún no ha sido escrito en su idioma y teniendo en cuenta que tienen la capacidad de destacar ante esa falta desde un deseo de justicia, me parece que es tiempo de que lxs traductorex dejen de ser arqueólogxs que solo buscan tesoros ocultos o joyeros que solo comercian con piedras preciosas. Lxs traductorxs deben empezar a empatizar con la ira de los tiempos. Es necesario configurar y consolidar un espacio para una traducción independiente, comprometida, libre de las ataduras del mercado y que desafíe las tendencias y los caprichos de la academia.
Para traducir, uno primero debería preguntarse qué falta en un idioma y según lo que he expuesto, lo que necesitamos son traducciones que acorten la brecha entre culturas, al tiempo que luchan contra el colonialismo y desmantelan la retórica hegemónica del imperio. En Chile, por ejemplo, faltan traducciones de poesía contemporánea brasileña, eslava, oriental, árabe, no sabemos lo que está ocurriendo escrituralmente en esos países. Brasil es el único país de Sudamérica que no habla español, sin embargo, poco sabemos de su tradición literaria. Por otra parte, Chile tiene una importante colonia de ciudadanxs haitianxs, una de las migraciones más grandes de los últimos años, que llegó como consecuencia de la intervención humanitaria/militar de Chile en Haití desde el 2004 y que es una de las pocas migraciones masivas (junto con la de alemanxs y croatas a fines del siglo XIX) de comunidades de habla no hispana, cuyos poetxs (como Jean Jacques Pierre-Paul y Makanaky Adn) con mucho esfuerzo están empezando a abrirse paso dentro de la escena informal, luchando arduamente contra la barrera del idioma. Sin embargo, desconocemos cabalmente su tradición, su cultura y su literatura. También hay baches importantes, poesía norteamericana de los 70 en adelante (como la de las escuelas objetivistas, Black Mountain, New York School, Language, por mencionar algunas) literatura contemporánea africana, árabe y sus respectivas experiencias de diáspora, pero por sobre todo necesitamos urgentemente alternativas a las traducciones que vienen de España, llenas de localismos que muchas veces ya ni siquiera los españoles usan.

Entonces, la pregunta que surge es cómo trabajar la traducción desde una perspectiva que no es cómplice con una empresa hegemónica. Tratando de responder a esto, regreso a la escena literaria y editorial chilena. Desde hace varios años se viene produciendo un cambio significativo de manos de pequeñas editoriales llamadas independientes y también por parte de colectivos de traducción, los que se han establecido con éxito como espacios nuevos de creación y resistencia cultural, promoviendo y fomentando nuevos discursos, nuevas formas de hacer literatura y que, con pocos recursos, pero mucha creatividad, han logrado resistir la lógica del mercado.

En cuanto al campo editorial, es evidente lo difícil que resulta editar y publicar en países que se rinden al poder del dinero y a los rituales de consumo, donde el libro se concibe como un producto en vez de un bien cultural. En medio de este escenario adverso, como dice el poeta Jaime Pinos “la publicación independiente surge como una paradoja, que no debe jugar un papel político, sino que debería ser una política en sí misma”.

No veo por qué la traducción independiente no puede seguir la misma ruta. De hecho, paso a paso, ya lo está haciendo. Lo vemos en el trabajo de las revistas online dedicadas a promover la traducción como fue Calque en algún momento, o lo es ahora Circumference magazine, AsymptoteJournal.com y ManifoldCriticism.com en los Estados Unidos; o el sitio web Vallejo & Co., las revistas online Elipsis y La Raza Cómica en Latinoamérica; los esfuerzos editoriales de Ugly Duckling  y Carboard House Press en EE.UU; casos como los de parasitenpresse,  hochroth, Verlagshaus Berlin o elif Verlag en Alemania y de las editoriales Cuadro de Tiza y Pez Espiral en Chile, por mencionar algunos, que se han constituido como comunidades y han abierto espacios más democráticos, desafiando el status quo, restaurando el diálogo donde el canon ha impuesto un monólogo y estableciendo prácticas basadas en la colaboración donde el mercado propone la competencia.

Pero también existen otros ejemplos, otras vías. Me detengo acá un momento para hablar de una interesante experiencia comunitaria de traducción que surgió en Chile luego del estallido social y que se cristalizó durante la pandemia: el Colectivo Frank Ocean.

El colectivo Frank Ocean, grupo de poesía, investigación, traducción y agitación, surge a inicios del año 2018 como un taller de poesía y traducción en Santiago de Chile. Desde octubre de 2019, en el contexto del estallido social chileno, este colectivo (conformado por once poetas y traductorxs jóvenes chilenxs) sintió la urgencia de pensar nuevas formas de resistencia para enfrentar la violencia policial, la que se fue recrudeciendo luego de las manifestaciones del 18 de octubre, dejando centenares de manifestantxs heridxs y varios muertxs.

A partir de la traducción poética, se gestó un espacio artesanal y comunitario que intentó rescatar algunas de las voces que se habían rebelado contra la represión policial, principalmente autorxs migrantes, afrodescendientes, mujeres y miembros de la comunidad LGBTQ+, que tenían en común el habitar los márgenes de una lengua y de un territorio.

Una de las primeras acciones del colectivo consistió en pegar afiches de sus traducciones en los alrededores de Plaza Dignidad (el nuevo nombre que recibió durante la revuela la Plaza Italia, ubicada en pleno corazón de Santiago y que se volvió el epicentro de todas las manifestaciones del estallido), en medio de una de las manifestaciones, para así aportar con poesía y solidaridad a la protesta callejera.  Luego al tener que enfrentar la pandemia del Covid-19, que intensificó las desigualdades que ya hace varias décadas se venían profundizando en Chile, se vieron en la necesidad de buscar nuevos formatos para la distribución del trabajo. Es así como crean una cuenta en Instagram, en donde empezaron a publicar, en la manera de afiches o posters, las traducciones que la misma contingencia política y social iban demandando. A dos años del estallido, queda entonces una selección de poemas contra la policía, pero también contra el racismo, el patriarcado y la violencia doméstica, con la intención de abrir un diálogo con otros territorios del mundo, que lamentablemente también viven estos tipos de violencia. (tiempos / décimas de dolor / tiempos / que algunes contemplan / como si nada / como si estuvieran viendo una película // Adriana Lisboa).

Pero también es posible mencionar los fondos de traducción del Consejo del Libro, instancia de apoyo gubernamental en Chile, los que, si bien son absolutamente perfectibles, han marcado una cierta diferencia, subvencionando cerca de 60 proyectos de traducción por año, permitiendo un crecimiento y una diversificación notoria en el campo. Sería interesante ver cómo evoluciona y se consolida este apoyo en el tiempo, incluyendo quizás fondos de apoyo a la gestión de derechos y por qué no, un premio a la mejor traducción local del año. Considerar también en este punto, el apoyo de instituciones extranjeras, como embajadas o programas de intercambio de traductores (como Übersetzerhaus Looren, cerca de Zúrich, la que mediante su programa de residencias ofrece un lugar para que traductores de todo el mundo trabajen en sus proyectos, ofreciendo a través de talleres y conferencias, una amplia gama de oportunidades de educación e intercambio).

Personalmente, he tratado de incorporar estas problemáticas en mi práctica y en mis decisiones curatoriales como traductor. Aunque es justo considerar que el idioma puede ser una limitante; desafortunadamente, solo manejo el inglés, por lo que solo puedo traducir desde él y digo esto con un grado de frustración, porque sin duda me gustaría muchísimo aprender otros idiomas, para poder leer y traducir desde ellos, sin embargo, creo que he hecho lo posible por incorporar otros discursos, otras voces, no comúnmente representadas y las que usualmente no son seleccionadas por los traductores chilenos o latinoamericanos. Es así como dentro de los proyectos de traducción que llevo actualmente se encuentran los poemas del poeta egipcio Maged Zaher, de la poeta libanesa Etel Adnan, de la poeta iraní Gazhal Mosadeq y últimamente la poeta norteamericana de origen chino, Victoria Chang. Todos ellxs escriben en inglés, pero todos representan o provienen de diásporas de culturas antiguas, todas con una vasta y rica tradición literaria, las que de alguna forma dentro del crisol cultural de occidente dan origen a maravillosas mezclas e interesantísimos discursos, de los cuales poco sabemos en el sur más profundo.

Ciertamente, no es fácil responder a todas las necesidades del rubro, sobre todo en momentos de crisis, donde la cultura pareciera no ser una prioridad para los gobernantes pero a través de la idea de promover la comprensión entre culturas, eliminando la traducción del aparato que mantiene subalternxs a lxs subalternxs, tomando el gesto como una invitación a escuchar realmente lo que otras personas de otros lugares tienen que decir, y en la forma en que han decidido decirlo, la traducción independiente surge como una de las maneras posibles que se pueden ayudar a restaurar la traducción como un espacio real de encuentro y articulación, así como un camino hacia el entendimiento mutuo a través de la diferencia.

Unabhängige Übersetzung. Eine Rede anlässlich der Latinale 15

 

Zu Beginn meines Exposés möchte ich mich erst einmal gebührend vorstellen. Da diese Kriterien unvermeidlich das Profil meiner Präsentation abstecken werden, scheint mir, ich kann nichts anderes tun, als so ehrlich und direkt wie möglich zu sein. Mein Name ist Carlos Soto Román, ich bin pharmazeutischer Chemiker von Beruf, Schriftsteller, Dichter, Künstler; ich übersetze Lyrik, bin Chilene (somit hier an diesem Ort ein Fremder), habe einige Jahre in einem Land gelebt, wo ich mit meiner Muttersprache allein war, und entbehre jeglicher akademischen oder institutionellen Bindung.

Besagter Auslandsaufenthalt bot mir die Chance, die Wissenschaft, d.h. die Pharmazie, vorübergehend beiseitezulegen und mich voll und ganz der Lyrik zu widmen. Zwar habe ich im Zuge meiner beruflichen Laufbahn (die biomedizinische Forschung) meinen Magister in Bioethik gemacht, doch meine eigentliche Motivation war ein Lyrikband, an dem ich schrieb und für den ich einige philosophische Aspekte vertiefen musste. Neben meinen Studien tauchte ich voll und ganz in die Lyrikszene von Philadelphia ein, das mir zur neuen Heimat wurde. Dort wurde ich Mitglied eines Dichterkollektivs, konnte Lesungen und Events organisieren und die Verbesserung meiner Sprachkenntnisse mit der Entdeckung neuer und klassischer Autor:innen jener Tradition sowie der steten Kommunikation und Interaktion mit Kunstschaffenden und Künstler:innrn verbinden, woraus unmerklich eine neue Gemeinschaft erwuchs.

Vor fast zehn Jahren war ich zum „One Makes Many“-Festival in Raleigh/Durham, organisiert von der Duke University und der Universität von North Carolina, zu einem Vortrag zum Thema Übersetzen eingeladen, und vor exakt drei Jahren hielt ich eine Rede auf einem von der Universität Finis Terrae und der Universität von Santiago de Chile veranstalteten Übersetzer:innen-Kolloquium. Deshalb erscheint es mir sinnvoll, eine Parallele zu ziehen zwischen der Situation, wie ich sie unter den damaligen Umständen beschrieben habe, und der, wie sie sich heute darstellt.

Vor zehn Jahren befand sich die Krise des chilenischen Bildungssystems auf ihrem Höhepunkt. Die Studierenden gingen auf die Straße mit der Forderung nach kostenloser, qualitätsvoller Bildung, doch die damals angeprangerten Bildungsdefizite, vor allem im Bereich der Literatur, bestehen bis heute fort: ein geringes Leserinteresse gepaart mit mangelndem Lektüreverständnis. Neue Strategien taten not, um das Publikum wieder fürs Lesen zu begeistern. Doch das Problem wurde noch verschärft durch die teuren Buchpreise sowie die erschwerten Editionsbedingungen für das lokale Verlagswesen, geschwächt durch die großen internationalen Verlagskonzerne, die in ihren kommerziellen Ladenketten Bücher vertreiben wie jede andere Ware.

Nur wenige Jahre später eskalierte die Krise in Chile erneut nicht nur im Bildungswesen, sondern auch in der Politik und der Gesellschaft mit ungeahnter Heftigkeit und gelangte an einen Siedepunkt, an dem es kein Zurück mehr gab. So kam es, dass die Studierenden erneut auf die Straße gingen, um gegen eine Tariferhöhung der öffentlichen Transportmittel zu protestieren. Sie stürmten die Drehkreuze und besetzten die Metrostationen, bis die sozialen Unruhen in wenigen Tagen unausweichlich das gesamte Land erfassten, und seit der Diktatur unterdrückte Kräfte, Ängste, Frustrationen und Wunden freisetzte, Probleme, die zu lösen, die inkompetenten Regierungen des politischen Wandels, der sogenannten Transition, nicht in der Lage gewesen waren. Später kam noch die Pandemie hinzu, der Lockdown, die Finanzkrise, und wieder waren da die Angst und das Misstrauen, was die Unzufriedenheit, die Unruhe, das Unbehagen und die Ungewissheit noch weiter verschärfte.

In diesem Kontext über Übersetzung zu reden, ist nicht leicht. Übersetzung im Sinne eines seriösen, systematischen Betätigungsfelds war zumindest vor zehn oder fünfzehn Jahren in Chile praktisch inexistent. Warum? In erster Linie, weil es keine Mittel gab, um Übersetzungen anzufertigen, denn als Geschäftsmodell ist es riskant und wenig profitabel, die heimischen Verlage hatten kein Geld, um Autorenrechte zu bezahlen, und konnten mit den internationalen Verlagen (wie Planeta, Alfaguara, Random House, Anagrama) nicht mithalten. Obwohl die Akademie einen kleinen Kreis unterhielt, der weder über die nötigen Mittel noch den Rückhalt für eine einschlägige Legitimierung verfügte, ist die mühselige Arbeit der Übersetzung von Lyrik in Chile ausschließlich der Hingabe einiger weniger Personen (wie Rodrigo Olavarría und seiner Arbeit zu Allen Ginsberg oder Verónica Zondek und ihre Übertragungen von Derek Walcott, June Jordan und Emily Dickinson, um nur wenige zu nennen) zu verdanken, die das Feld und die Aufgabe des Übersetzens als eine fast spirituelle Tätigkeit begriffen, die kaum vergütet oder belohnt wird, außer durch die Freude, das übersetzte Werk zu publizieren, was sie oft genug selber teilweise oder ganz finanzieren mussten.

In puncto Übersetzungen lebte Chile hauptsächlich von dem, was in Spanien und anderen Ländern mit einem ausgereiften Verlagswesen, wie Mexiko und Argentinien, übersetzt wurde, ein Umstand, der ein merkwürdiges Monopol etablierte, wo das, was übersetzt (und folglich auch gelesen) wird, kommerziellen Gesetzen folgt, die sich bereits auf den unterschiedlichsten Absatzmärkten bewährt haben und sich nicht am spezifischen Interesse oder an der intellektuellen Neugier der heimischen Kultur orientieren, was tiefgreifende Lücken, Mängel und Versäumnisse zur Folge hatte.

Als Dichter war es das, was mich nach meiner Ankunft in den USA, wo ich fünf Jahre lang gelebt habe, am meisten auffiel: die ungeheure Menge an Autor:innen und Werken, von denen man in Chile keine Kenntnis hatte (Charles Reznikoff, George Oppen, Charles Olson, Jack Spicer, Frank O’Hara, Diane Di Prima, Susan Howe, Lorine Niedecker, Alice Notley und andere), einfach weil Übersetzungen ihrer Bücher in Chile nicht erhältlich waren. Zugleich war ich erstaunt, dass englische Übersetzungen chilenischer Dichter:innen, obwohl Chile sich rühmt, exzellente Poet:innen von internationalem Rang hervorgebracht zu haben, deren Präsenz in englischer Übersetzung man für unverzichtbar erachten würde (wie Rodrigo Lira, Jorge Teillier, Juan Luis Martínez, Gonzalo Millán, Carmen Berenguer, Elvira Hernández, Soledad Fariña), fast komplett fehlten.

Ich fing an, mich nach den Gründen für diese Lücke zu fragen und nach der Logik hinter dieser Ungerechtigkeit.

Sich mit der Frage zu beschäftigen, aus welcher Sprache übersetzt wird und warum, ist eine komplexe Angelegenheit. Die Kriterien, nach denen die Arbeiten ausgewählt werden, sind vielschichtig und oft willkürlich. Einen Konsens zu finden könnte so schwierig sein, wie zu einer einhelligen Definition dessen zu gelangen, was Übersetzen tatsächlich heißt. Klar scheint allerdings zu sein, dass die Diskussion diesbezüglich sich oft um die Frage dreht, wie man die Arbeit des Übersetzens angeht, während der Aspekt, was übersetzt werden soll, vernachlässigt wird. Konzepte wie Sprachfluss, Treue, domestication (Einbürgerung), Transparenz, Zugänglichkeit und selbst Ethos überfluten die Debatte, wobei es bevorzugt über das „wie“ geht, weniger über das „was“.

Doch es gibt einen Markt für Ideen und einen Markt für Übersetzung. Und während die Exotik und der Fetischismus (etwa die Kommodifizierung, also das Zur-Waren-Werden traumatischer Erlebnisse wie die Diktatur) bisweilen die Kriterien in den Vereinigten Staaten zu bestimmen scheinen, wäre die Aussicht auf kommerziellen Erfolg eine Motivation in Chile (der Fall der Bestseller); Literatur als Unterhaltung statt nachdenkliche Literatur, Bücher, nicht um die Realität zu begreifen, sondern, um ihr zu entfliehen. Leider ist mit dem, was sich nicht mit den Interessen der Verlage deckt, die die Übersetzungen finanzieren, kein Geschäft zu machen, denn die Gesetze des Marktes lauten, was sich nicht verkauft, hat keine Existenzberechtigung.

So gesehen darf die Ethik des Übersetzens sich nicht nur mit der Ästhetik paaren, sondern sollte auch die politischen Aspekte berücksichtigen, speziell jene, die das Potenzial der Übersetzung betreffen, uns andere Stimmen, andere Gemeinschaften vorzustellen, sie sichtbar und hörbar zu machen, neben ihrer Befähigung, andersartige Poetiken zu entmarginalisieren und Diskurse anzustoßen oder wieder zu aktivieren, die zu Unrecht ignoriert wurden oder versiegt sind.

Ammiel Alcalay (der nordamerikanische Dichter, Kritiker, Dozent und Übersetzer, Sohn sephardischer Juden aus Serbien) etwa sagt, ein Großteil dessen, was im Bereich der Übersetzung geschehen sei, könne man als literarischen Aktivismus verstehen, nicht nur als Rettungsakt für unterrepräsentierte Sprachen (in seinem speziellen Fall der slawischen Sprachen oder seiner Übersetzung des bosnischen Dichters Semezdin Mehmedinović),sondern auch als ein Wagnis, das man in der Absicht eingeht, diesen Worten neues Leben einzuhauchen, um ihnen die Chance zu bieten, von anderen Schriftsteller:innen rezipiert zu werden und als mögliche Option in ihre Werke einzugehen, damit ihre politische wie transformatorische Wirkungsmacht nicht verlorengeht. Und mit „politisch“ meint er auch den Einfluss, den jegliches Ereignis auf das Bewusstsein selbst haben kann.

Jen Hofer (Dichterin, Dolmetscherin, Übersetzerin, Erzieherin, Aktivistin, chapbook-Künstlerin und Gründerin der Initiative Antena) spricht von der Übersetzung als subversivem Diskurs, insofern sie die Macht hat, eine bestimmte Ordnung zu stören, zu verändern, zu untergraben. Das heutige nordamerikanische Englisch, das sie als „häufig von einem fremdenfeindlichen, monologischen, größenwahnsinnigen ‚English-only‘ kontaminiert“ sieht, weil es dem Rest der Welt eine Sprache von hegemonial definierter Totalität aufzwingen will, ist gewiss eine Ordnung, die es unter ethischen Gesichtspunkten verdient, unterlaufen zu werden.

2011 sahen wir zu unserem Erstaunen, wie die von der Occupy-Bewegung initiieren Massendemonstrationen in den USA der Demokratie wieder zu ihrem in Vergessenheit geratenen Recht verhalfen, indem sie jenen ihre Stimme zurückgaben, die das System ausschließt und diskriminiert. Merkwürdigerweise glichen diese Massenproteste auffällig jenen, die während der Wirtschaftskrise 2001 in Argentinien aufkamen, und man sah sie erneut nach dem Ausbruch der sozialen Unruhen in Chile, was zu den Diskussionen führte, in denen es darum geht, eine neue Verfassung zu entwerfen und festzuschreiben, Diskussionen, die nicht unbeeinflusst blieben von Dichtern wie Raúl Zurita, Elvira Hernández, José Ángel Cuevas, deren Verse in Form von Graffiti nun die Straßen von Santiago überfluteten. Im Rahmen dieser Logik von Unsichtbarkeit und Wiederbeleben, glaube ich, kann die Übersetzung auch als eine demokratische Geste der Wiedergutmachung und Solidarität fungieren.

Bedenkt man, dass Übersetzer:innen das Unbekannte zu Papier bringen, das, was in ihrer Sprache noch nicht geschrieben wurde, und dass sie befähigt sind, angesichts dieser Lücke einen Wunsch nach Gerechtigkeit zum Ausdruck zu bringen, scheint es mir an der Zeit zu sein, dass die Übersetzer aufhören, sich als Archäologen zu begreifen, die nur nach verborgenen Schätzen oder Schmuckstücken suchen und allein mit Edelsteinen handeln. Die Übersetzer:innen müssen anfangen, eine Empathie für den Zorn der Zeit zu entwickeln. Es tut not, einen Raum für die unabhängige, engagierte Übersetzung zu schaffen und zu festigen, frei von den Fesseln des Marktes, bereit, sich mit den Tendenzen und Launen der Akademie anzulegen.

Um zu übersetzen, sollte man sich zunächst fragen, was in einer Sprache fehlt, und im Sinne meiner Ausführungen brauchen wir Übersetzungen, die den Graben zwischen Kulturen verringern und zugleich gegen den Kolonialismus ankämpfen, indem sie die hegemoniale Rhetorik des Imperiums demontieren. In Chile fehlen zum Beispiel Übersetzungen zeitgenössischer brasilianischer, slawischer, orientalischer, arabischer Lyrik; wir wissen nicht, was sich literarisch in diesen Ländern tut. Brasilien ist das einzige Land Südamerikas, wo nicht Spanisch gesprochen wird, und doch wissen wir nur wenig über seine literarische Tradition. Andererseits hat Chile eine beachtliche Anzahl  von Haitianer:innen, die Folge einer der größten Flüchtlingsströme der vergangenen Jahre (neben denen der Deutschen und Kroaten gegen Ende des 19. Jahrhunderts), ausgelöst durch Chiles militärisch-humanitäre Intervention in Haiti seit 2004, und eine Massenflucht einer nicht Spanisch sprechenden Gemeinschaft, deren Dichter (wie Jean Jacques Pierre-Paul und Makanaky Adn) sich mit viel Anstrengungen und im harten Kampf gegen sprachliche Barrieren in der freien Szene Gehör zu verschaffen beginnt. Allerdings wissen wir absolut nichts über ihre Tradition, ihre Kultur und ihre Literatur. Auch gibt es wesentliche Lücken, was nicht nur die nordamerikanische Lyrik von den 1970er-Jahren aufwärts (etwa die Bewegungen der Objectivist Poetry, der Black Mountain, der New York School, der Language Poetry, um nur einige zu nennen) betrifft, sondern ebenso die afrikanische und arabische Literatur der Gegenwart und ihre jeweiligen Erfahrungen der Diaspora, aber vor allem brauchen wir dringend Alternativen für die Übersetzungen, die aus Spanien zu uns kommen und gespickt sind mit Lokalismen, die häufig selbst die Spanier nicht gebrauchen.

Dabei stellt sich die Frage, wie die Übersetzung aus einer Perspektive angehen, die nicht mit der eines großen Konzerns konformgeht. Auf der Suche nach einer Antwort komme ich noch einmal auf die Literaturszene und das Verlagswesen in Chile zurück. Seit mehreren Jahren ist in Chile ein Wandel im Gange, dank der Initiative kleiner, sogenannter unabhängiger Verlage sowie einiger Übersetzerkollektive, die sich erfolgreich als neue Freiräume für Künstler:innen und autonome Kulturschaffende etabliert haben, indem sie neue Diskurse sowie neue Formen, Literatur zu machen, eingeführt und befördert und es mit wenigen Mitteln, aber viel Kreativität, geschafft haben, der Logik des Marktes zu trotzen.

Was den Bereich der Verlage angeht, sind die Schwierigkeiten, in Ländern zu edieren und publizieren, die vor der Macht des Geldes und den Ritualen des Konsums kapitulieren und das Buch statt als Kulturgut als Ware verstehen, offensichtlich. Mitten in diesem feindlichen Szenario erscheint, wie der Dichter Jaime Pinos sagt „die unabhängige Publikation wie ein Paradox, das keine politische Rolle spielen, sondern per se Politik sein sollte.“

Ich sehe nicht, warum die unabhängige Übersetzung nicht denselben Weg beschreiten sollte. Tatsächlich tut sie das auch schon Schritt für Schritt. Das zeigen die Online-Zeitschriften, die sich der Förderung der Übersetzung verschrieben haben, wie seinerzeit Calque oder momentan das Circumference  Magazine, AsymptoteJournal.com und ManifoldCriticism.com, in den Vereinigten Staaten; oder die WebsiteVallejo & Co., die Online-Zeitschriften Elipsis und La Raza Cómica in Lateinamerika; die Verlags-Initiativen von Ugly Duckling und Carboard House Press in den USA; Fälle wie dieparasitenpresse, hochroth, das Verlagshaus Berlin oder der elif Verlag in Deutschland und die VerlageCuadro de Tiza und Pez Espiral in Chile, um nur einige zu nennen, die sich als Kollektiv etabliert und demokratischere Räume geöffnet haben, indem sie dem Status quo getrotzt, den Dialog dort, wo der Kanon einen Monolog verordnet hatte, wieder angestoßen und auf der Basis von Kooperation, wo der Markt Konkurrenz verlangt, neue Praktiken etabliert haben.

Aber es gibt noch andere Beispiele und Wege. An dieser Stelle halte ich einen Moment inne, um von einer interessanten Erfahrung einer Übersetzer:innengemeinschaft zu sprechen, die in Chile nach dem Ausbruch der sozialen Unruhen während der Pandemie entstand: das Kollektiv Frank Ocean.

Das Kollektiv Frank Ocean, eine Gruppe für Lyrik, Recherche, Übersetzung undAgitation, formiert sich zu Anfang des Jahres 2018 in Santiago de Chile als Workshop für Lyrik und Übersetzung. Seit Oktober 2019 sah dieses Kollektiv (dem elf junge Lyriker:innen und Übersetzer:innen angehören) im Kontext der sozialen Unruhen in Chile sich dringend gefordert, über neue Formen des Widerstands nachzudenken, um der Polizeigewalt entgegenzutreten, die nach den Demonstrationen vom 18. Oktober an Härte und Brutalität zunahm und Hunderte von Verletzten sowie einige Tote kostete.

Ausgehend von der Lyrikübersetzung gründete man einen gemeinsamen kunsthandwerklichen Raum mit dem Ziel, einige der Stimmen zu retten, die gegen die polizeilichen Repressalien aufbegehrt hatten, hauptsächlich Autor:innen, meist Migrant:innen afrikanischer Herkunft, Frauen und Mitglieder der Gruppe LGBTQ+, die als sprachliche oder gesellschaftliche Randgruppe ihr marginalisiertes Dasein einte.

Eine der ersten Aktionen des Kollektivs bestand darin, ihre Übersetzungen als Plakate in der Gegend rund um die Plaza Dignidad („Platz der Würde“, der neue Name, den die Plaza Italia mitten im Herzen von Santiago und Epizentrum aller Massenproteste während der Revolte erhielt) während einer dieser Demonstrationen aufzukleben, um so mit Lyrik und Solidarität den Protest auf den Straßen zu unterstützen. Später, als man sich mit der Corona-Pandemie konfrontiert sah, die die seit Jahrzehnten wachsende Ungleichheit in Chile noch verschärfte, sahen sie sich genötigt, neue Formate zu suchen, um ihre Arbeiten weiterhin zu verbreiten. So kam es, dass sie einen Account auf Instagram erstellten (https://www.instagram.com/colectivofrankocean/), wo sie begannen, die Übersetzungen in Form von Plakaten und Postern zu veröffentlichen, so wie die politische und soziale Situation es nach wie vor erforderte. Zwei Jahre nach den Unruhen ist so eine Reihe von Gedichten zusammengekommen gegen die Polizei, aber auch gegen Rassismus, gegen das Patriarchat und gegen häusliche Gewalt mit dem Ziel, in einen Dialog mit den Gegenden der Welt zu treten, die bedauerlicherweise die gleichen Formen von Gewalt erleben. (Zeiten / Dezimen des Leids / Zeiten / die manche betrachten / als wäre nichts / als sähen sie einen Film // Adriana Lisboa).

Aber man könnte auch den Übersetzerfonds des Consejo del Libro erwähnen, eine Fördermaßnahme der chilenischen Regierung, die, wenngleich natürlich verbesserbar, einen gewissen Wendepunkt markiert, indem sie ungefähr sechzig Übersetzungsprojekte pro Jahr unterstützt, was in dem Bereich ein nicht unerhebliches Wachstum und eine beträchtliche Vielfalt herbeigeführt hat. Nun wäre es interessant zu sehen, wie sich diese staatliche Förderung mit der Zeit entwickelt und konsolidiert, einschließlich möglicher Fonds zur Unterstützung der Rechteverwaltung und, warum nicht, eines Preises für die beste lokale Übersetzung pro Jahr. Zu nennen sind hier schließlich auch die Stipendien ausländischer Institutionen wie Botschaften oder Austauschprogramme für Übersetzer (wie das Übersetzerhaus Looren bei Zürich, das mit derFinanzierung von Arbeitsaufenthalten Übersetzern aus aller Welt einen Platz bietet, um an ihren Projekten zu arbeiten, und mit Workshops und Vorträgen ein breites Spektrum an Möglichkeiten der Weiterbildung und des Austauschs bereitstellt).

Ich persönlich habe mich bemüht, diese Aspekte in der Praxis zu berücksichtigen und sie in meine kuratorischen Entscheidungen als Übersetzer mit einzubeziehen. Obwohl man zurecht bedenken sollte, dass die Sprache auch ein Hemmnis sein kann; leider beherrsche ich nur die englische, weshalb ich nur aus dem Englischen übersetzen kann. Das sage ich aus einer gewissen Frustration heraus, denn natürlich würde ich gerne weitere Sprachen lernen, um sie lesen und übersetzen zu können. Allerdings glaube ich, mein Möglichstes getan zu habe, um andere, weniger repräsentierte Diskurse und Stimmen, die üblicherweise von chilenischen und lateinamerikanischen Übersetzern nicht ausgewählt werden, mit zu berücksichtigen. So gehören zu meinen aktuellen Übersetzungsprojekten etwa Texte des ägyptischen Lyrikers Maged Zaher, der libanesischen Lyrikerin Etel Adnan, der iranischen Lyrikerin Gazhal Mosadeq und nicht zuletzt auch der nordamerikanischen Lyrikerin chinesischer Herkunft, Victoria Chang. Sie alle schreiben zwar auf Englisch, aber sie repräsentieren eine Erfahrung der Diaspora, stammen aus Ländern mit uralten Kulturen und langen, überreichen literarischen Traditionen, die auf die eine oder andere Weise im großen Schmelztiegel der westlichen Kultur wunderbare und hochinteressante Diskursmischungen kreieren, von denen wir im tiefen Süden kaum etwas ahnen.

Gewiss ist es nicht einfach, allen Bedürfnissen der Übersetzer:innensparte zu genügen, vor allem in Krisenzeiten, wo die Kultur für die Regierenden keine Priorität zu haben scheint. Aber mit der Idee, die Verständigung zwischen den Kulturen zu fördern, indem man die Übersetzung des Apparats ausschaltet, der Untergeordnete untergeordnet hält, und diesen Akt als eine Einladung versteht, wirklich zuzuhören, was andere andernorts zu sagen haben, und zwar in der Form, in der sie beschlossen haben, es zu sagen, bietet sich die unabhängige Übersetzung als eine mögliche Alternative an, die dazu verhelfen kann, die Übersetzung als realen Raum der Begegnung und Artikulation sowie als einen Weg zur gegenseitigen Verständigung über die Unterschiede hinweg neu zu etablieren.

traducido por: Petra Strien
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